La cafetera.

¿Te apetece venir a tomar un café?

“Tomar un café” es uno de esos ritos encantadores que nos hace más sociables, más amigos y, claro, en un primer impulso me vas a decir que sí. Quedaremos en mi casa, te haré pasar a mi salón y te dejaré sentado en mi nuevo sofá color chocolate . El sofá blanco, por si te lo estás preguntando, pasó a mejor vida en el  capítulo 2

Un poco de música suave enriqueciendo la atmósfera, te hará sentirte cómodo. Tendrás ganas de hablar de la vida, de lo transcendental o, simplemente, de lo que es superfluo pero nos hace reír.

Mientras comentamos la jugada, me oirás trastear por la cocina. Sacaré mi vieja cafetera de puchero de uno de los armarios y, tú, sorprendido, me preguntarás por mi máquina de espresso de diseño. Sí, la de las capsulitas. Yo te responderé que he vuelto a mis orígenes y que te estoy preparando el mejor café del mundo en la vieja cafetera de mi abuela. Te distraeré, describiéndote los orígenes que he elegido para esta mezcla de granos: un poco de Kenia,  Brasil y un toque napolitano…

A los pocos minutos de encender el fuego, empezarás a sentir la fragancia sutil del café que se hará más insistente, más poderosa… Ya estarás absolutamente relajado y dispuesto a que nos conectemos con este ritual del tomar el café… Entonces,  la cafetera alcanzará su punto místico, al borde de la ebullición y… se pondrá a cantar La Traviata. Sí, no lo has leído mal: La Traviata de Verdi.

Serán unos compases que tú no oirás…

Lo descubrí el día ese tan famoso en el que se fue la luz… La avería general afectaba a mi calle y la voz automática del Servicio de Atención al Cliente ( que le cambien el nombre, Por Dios!) me informó que tenía para cinco horas sin suministro . No Internet, No leer, No tele, No lavadora, No nada. No se me ocurría que hacer. Estaba a oscuras …

Busqué la linterna. Nunca sé dónde la pongo…Nunca la he necesitado. “Linterna” y “Nunca” parecen ser amigas. Tampoco di con las velas de emergencia que todos, todos, tenemos en casa. ¿Dónde?  Ni idea, claro. Recurrí al precioso velón de vainilla que me regalaron para mi cumpleaños que me había resistido a encender para no perder la delicada forma cubista en la que estaba esculpido .La cocina se iluminó tenuemente con la suave luz de la llama… El aroma dulzón de la vainilla se esparció por la cocina… Me apeteció un café. Un rico espresso, de esos aromáticos y cremosos. Un Blue Mountain sería una buena elección pero miré mi preciosa máquina de café, de diseño, con sus capsulitas y totalmente muerta y borré de mi mente la idea del café. Pero… el café se imponía en mi cabeza.Café, café, café….

Desde pequeña, he vivido el” tomar café” como un rito sagrado. Íbamos a un tostadero, dónde mi padre elegía según los orígenes. Lo compraba en grano, ya que consideraba imprescindible molerlo instantes antes de ponerlo en su cafetera. Este grato recuerdo que casi huelo, me hizo recordar que tenía la vieja cafetera de mi abuela en el fondo de un armario  y… ¡Funcionaba con mi cocina de gas natural! No necesitaba la dichosa luz. La lavé y la llené de agua. ¿Y el café?  Miré las cápsulas, miré la cafetera. Me dediqué a rasgarlas e ir llenando el viejo cacillo con el café de George.

Me sentía eufórica, me iba a tomar mi café, a la luz de la vela de vainilla mientras esperaba la visita de mi amante. El último. Posiblemente, el definitivo.

Mientras la cafetera iniciaba la ebullición, cogí mi móvil ( que milagrosamente estaba cargado) y llamé a mi churri. Me saltó el buzón de voz, al mismo tiempo que la cafetera empezaba a cantar La Traviata. Yo también salté. Primero estaba asustada y después, más tranquila al ver que el viejo cacharro lo único que hacía era tatarear el Brindisi. Me acerqué y con todo el valor que pude reunir, abrí la tapa. El café, caliente y especiado, aparentaba una normalidad absoluta.

Entonces, mi teléfono empezó a sonar. Era él. Para entonces, la cafetera ya había callado  y mi imaginación volvió a encarrilarse hacia la normalidad . Respondí, con voz coqueta, mientras enroscaba un mechón de mi pelo entre los dedos, ya inmersa en mi papel de churri.

-¿Cuándo vendrás? Se ha ido la luz pero se me ocurren cosas maravillosas que podemos hacer totalmente a oscuras.-le dije con mi mejor versión de voz-extremadamente-seductora.

-. Dentro de un ratito. Tengo mucho trabajo- me respondió él.

La Cafetera silbó el inicio del Brindisi. No le di importancia.

-¿Me echas de menos, churri?- Mi tono ya era pecaminoso.

- Sí, muchísimo- . Y fue acabar la frase y la cafetera que subió el volumen.

-¿Me quieres?- Le hice la típica pregunta de final de conversación de amantes que sólo requiere un como respuesta y colgar el teléfono.

-Sí- Me dijo él, muy bajito.

La Cafetera ya absolutamente lanzada. La Traviata en su máximo apogeo…Parecía que había una orquesta sinfónica en mi cocina…que sólo oía yo.

Fue colgar el teléfono y la cafetera, enmudeció. Me serví un café y vertí el resto en una jarrita de porcelana. Revisé el interior del viejo pote, buscando el ingenioso mecanismo que hacía que sonora la música. Nunca he sido muy de máquinas, así que tampoco me sorprendió no encontrar nada.

Mi churri duró dos meses en mi vida. Me abandonó y me partió el corazón. La cafetera tuvo algo que ver, evidentemente. No pude volver a guardar la reliquia de la abuela y, poco a poco, recuperé la vieja tradición familiar del rito del café. Dejé de hacer colas para que me vendieran las capsulitas cómo si fuera caviar y localicé pequeños tostaderos artesanos donde podía experimentar con diferentes blends y siempre que nos apetecía un café lo hacíamos en el viejo puchero.

Y el viejo puchero me cantó La Traviata- tantas veces – que tuve que admitir que había una relación causa-efecto. Si mientras se hacía el café, yo le hacía una pregunta a mi churri, El Brindisi me decía si la respuesta era verdadera o falsa.

Si me estaba mintiendo, yo oía La Traviata.

-¿Me queda bien este pantalón?

-. ¿Me ves gorda?

-¿Te caen bien mis padres?

-.¿Te gusta  mi nuevo peinado?

-. ¿Le tiras los tejos a la Pepi?

Venga Traviata!, hasta que llegó el día en el que me atreví a preguntar: ¿Tú me quieres?

Ya puedes imaginarte que, la música, sonó atronadora y si no me hubiera hecho tanto daño, hasta podría decirte que fue espectacular.  Ya llevo bastantes relaciones finiquitadas por mi cafetera-polígrafo.

Ahora entiendo porque mi padre la escondió durante todos estos años en el garaje, en una caja de cartón. También descubrí cómo la abuela sabía- siempre- cuando la estábamos engañando. Entrábamos , mis hermanos y yo en la cocina, y ella nos preguntaba ¿Quién ha roto el jarrón chino? La cafetera hervía en el fuego. Nosotros le decíamos que “un golpe de viento” y ella respondía: Me vais a cantar La Traviata, golfos…y nos castigaba sin merendar.

Es un chivato de la mentira. De todas las mentiras: las transcendentales y las superficiales…

Y yo no puedo evitar someter a todos mis amantes a la prueba de La Traviata. Estoy enganchada a la verdad. Podría dejar que las cosas fluyeran naturalmente y volver a conectar mi máquina de café espresso en cápsulas pero…no puedo. La cafetera de la abuela me supera…

Si vienes, te invitaré a catar un increíble blend de un torrefactor artesano. Te  encantará. Me lo envían desde Roma. Esperaré que el aroma te llegue al cerebro  y te preguntaré.

Libiamo, libiamo ne’lieti calici
che la belleza infiora.
E la fuggevol ora s’inebrii
a voluttà.
Libiamo ne’dolci fremiti
che suscita l’amore,
poichè quell’ochio al core
Omnipotente va.

 

La traviata

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Cuidado con la Puri.

Puri era una enamorada de los jabones artesanos. Por mucho gel o mousse hidratante que le pusieras delante, ella prefería su pastillita de jabón. De los de porción, con su forma cuadrada o rectangular. Hecho a mano, a poder ser.

Sus jaboncitos producían crema que no espuma. A Puri le habían explicado que la espuma, era un invento psicológico de la industria de la cosmética.  Y no había más que observar la luminosidad de su piel para confirmar que sus cremosos jabones eran una maravilla.

Prefería los que tenían una base de aceite de oliva a los de glicerina. Tenía un surtido de diferentes aromas  que escogía en base a su estado de ánimo: manzana verde, con toques de esencia de coco, para la alegría; aloe vera y rosas para el amor; melisa y caléndula para relajarse…pero el que más utilizaba era el de manzana porque Puri era, ante todo, una persona alegre.

Alegre y bondadosa. Alegre y paciente. Alegre y resignada. Alegre.

Puri no sabía decir “No”. Y tampoco sabía  hacer “No”.

Siempre estaba disponible para su familia, para sus amigos, para sus vecinos… Puri te ayudaba si lo necesitabas…

Puri, cariño, ¿Puedes ir a buscar a Mamá –aunque tú vivas a 2 horas del centro y yo a un cuarto de hora- y llevarla al médico? Puri iba.

Puri, tesoro, ¿No podría hacer tú la cena de Nochebuena? Aunque seamos 18, te apañas mejor en la cocina que yo- Dieciocho adultos (y siete niños inesperados) en casa de Puri.

Puri, no puedo más. Me he enfadado con mi marido (por una tontería insignificante) y quiero quejarme de él durante un par de horas. Me da igual que acabes de llegar de la visita al médico de tu madre. No importa que sospechen que tiene un principio de Alzheimer. ¿Tú, preocupada? Nada, mujer.  Yo te voy a taladrar durante dos horas con mis (insignificantes) problemas… Y Puri escuchaba los lamentos y los “y yo” de la amiga de turno a la que el marido le había dicho que las lentejas estaban sosasPero Puri parecía asumir su condición de “Puri” de forma asombrosamente serena y vivía sus días entre jabones y abusones.

Una mañana, mientras se lavaba la cara con su jabón de manzana verde, descubrió que era la última pastilla que le quedaba. Iba tan ajetreada con los problemas familiares que había olvidado comprar una de recambio. Se dirigió a la Jabonería Rosita, la única tienda de jabones que había cerca de su barrio (a una hora, caminando), y contempló con estupor el pequeño local, cerrado a cal y canto y con un gran cartel: “Se Traspasa”.

Regresó a casa, decidida a buscar en Internet otra jabonería donde comprar productos artesanales, no sin antes pasar a dejar el curriculum de su sobrina en un Bufete de Abogados, recoger las medicinas para su madre, la ropa de la tintorería de su hermano y tomarse un café con su amiga Pepa, que tenía una hija adolescente que la traía por el camino de la amargura (!Esta hija mía, me va a matar!).

Ya delante del ordenador- había ayudado a una vecina anciana a subir la compra y después había estado un rato conversando con ella (para hacerle compañía)  aunque aquella era la vecina que tiraba lejía a la ropa tendida – investigó en los buscadores y encontró dos posibles tiendas de jabones. Visitó las webs de ambas y descartó la Jabonería Marsellesa: no tenían jabón de Manzana verde con esencia de coco. Al día siguiente, visitaría “Tu jabón”. Estaba más lejos de su casa pero tenía productos que valían la pena… Además, se había encaprichado de un jabón de canela y vainilla…

Lo tenía en las manos en aquel preciso momento y se estaba deleitando con su aroma… El intenso olor le recordó su visita de esa tarde a “Tú jabón”. A pesar de estar rodeada de sus jabones preferidos y otros, deliciosos,  como el de rosa mosqueta y violeta africana, se sentía inquieta. La mujer que la atendió le explicó que cada persona tenía asociado un jabón y que éste actuaba en la personalidad de cada uno, de forma diferente. Lo de la “personalidad “le pareció escalofriante. El binomio era jabón y piel pero… ¿El carácter? La señora de la jabonería le tendió una pieza: “Este es tu jabón: bergamota y lima. Es el primero en el que te has fijado. Es tu jabón. “.

El cajón de los jabones de Puri, acogía más de 20 pastillas (la mitad de manzana verde y esencia de coco) que había adquirido en “Tu jabón”, precisamente para volver lo más tarde posible y evitar a la extraña mujer. La pieza de bergamota y lima estaba colocada en el fondo del cajón…Casi oculta.

La vida de Puri seguía su curso normal “de la vida de Puri”. Trabajo, familia, amigos,… Su madre había empeorado y afectada por la situación, se sentía muy triste. En eso pensaba mientras abría el cajón de los jabones.  Sus manos eligieron una de las piezas y se sorprendió al ver el jabón de Bergamota. Lo iba a dejar, de nuevo escondido cuando recordó un artículo que había leído en el periódico en el que hablaban de las propiedades antidepresivas de la fruta…

Ese día, se duchó con el jabón de bergamota.  Antes de hacerlo, le dio un mordisquito. Sabía que era una tonta costumbre pero siempre que lo hacía recordaba a su abuela, riñéndola (ella siempre se declaraba culpable de las trastadas de sus hermanos) y obligándola a lavarse la boca con jabón.

El aroma cítrico y fresco le pareció revitalizante. Se sentía fresca. Chispeante…

Puri, querida, vamos a quedar para comer. ¡Hace tiempo que no nos reunimos todo el grupo y ya hay ganas! Seremos doce y, claro, los niños. María no puede hacerlo en su casa: esta de obras. Julia y Jaime acaban de poner tarima y dicen que el olor de barniz es muy molesto. Ya sabes que Lucas vive lejos y con los niños no nos podemos meter en el coche tres horas. A mí no me importa hacerlo pero los niños quieren salir de casa y cambiar de aires. ¿Qué te parece en tu casa?

Y Puri contesta: Mira, querida, las tres últimas reuniones de grupo las he hecho yo en mi casa. Venís sin nada, ni una botella de vino barata y, aún peor, os bebéis mis reservas de vino y cava. Los niños son unos maleducados a los que dejáis saltar en mi sofá blanco con las manos pringadas de Nocilla, sin decirles ni mú. Y aprovecho ese “mú” para decirte que ese vestido blanco y negro que llevabas la última vez (y que me preguntaste como te quedaba y yo te dije que “genial”) te hace parecer una vaca. Lo siento, soy tu amiga y te tengo que decir la verdad. Ya me llamarás para decirme en casa de quien es la comida… ¡Ah! Y yo voto por una barbacoa.

Puri también hablo con su hermana: Esta semana llevas tú a mama al médico que ya es hora de que lo conozcas. Con su vecina: Señora Eufemia, le ayudaré con la compra que Ud. Ya está mayor, pero cómo vea una gotita de lejía en mi ropa, vengo y saco todo lo que llevo poniendo en los armarios todos estos años y se lo dejó en el salón. ¿Estamos? Con su amiga: Dile a tu marido que cocine él las lentejas: “yo me lo guiso, yo me lo como” así no tendrá problema con el punto de sal…el muy capullo.

Y, sí, el extraño jabón afectó a la personalidad de Puri que, tras lavarse la boca con él, dejó salir por la susodicha todo lo que le venía. De sopetón. Sin piedad.

Los que la conocían, echaban de menos a aquella mujer alegre y bondadosa. Alegre y paciente. Alegre y resignada.  Y, la verdad,  nadie podía decir que no estuviera alegre. Alegre y descarada. Alegre y combativa. Alegre y segura.  Un “alegre” que hacía que  Puri se sintiera como nunca.

Así que se fue a “Tu jabón” y ante la sonrisa complacida de la dependienta de la jabonería, se llevó todas las existencias de pastillas de bergamota y lima…

Y voy a ir acabando que si se entera que estoy escribiendo su historia para publicarla en “Objetos Sencillos que tienes en casa” me va a llamar y me va a decir que para mis relatos utilice mis experiencias y no las de otros. ¡Vaya cara, escribir de mí sin mi permiso!-me dirá.

Tal vez se lo debería haber pedido , que esta Puri es mucha Puri y visto su armario repleto de jabones de bergamota y lima, tiene para un rato de…alegría.

Si pregunta, yo no he sido.

 

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Esparciendo.

No había  forma de saber que es lo que hacía aquella mujer de la bicicleta rosa. En la parte posterior , había colocado una preciosa cesta de mimbre blanco en la que no había nada. Por lo menos, no había nada que pudiéramos ver los demás…Cada mañana, pasaba pedaleando por delante de mi ventana y si era verano y la había abierto, la brisa me traía un dulce aroma…como el de la canela, el azúcar , el caramelo… Se sentaba muy erguida lo que le daba una apariencia regia que quedaba absolutamente distorsionada por esa alegre cancioncilla que canturreaba o silbaba, según la mañana.

Yo pensaba que iba a algún lugar pero , al poco tiempo de vivir en el vecindario descubrí que daba vueltas en círculo. Era raro, sí, pero la mujer era tan agradable y  el aroma tan delicioso que todos nos acostumbramos a la mujer de la bici rosa que pasaba por delante de nuestras casas, a intérvalos de veinte minutos . ¡Qué diera vueltas! ¡Qué más daba!

Cuando se paraba lo hacía para descansar y…para comprobar que en el interior de la cesta todo estaba en orden. La primera vez que la ví observando su cesta vacía, no me atreví a preguntar  : ¿Qué miras, si ahí no hay nada? pero, claro, en la vigésima ocasión no pude más .  ¡Hasta miré en el interior por si había algo tan minúsculo que no podíamos verlo!

-Llevo mi amor. – me contestó con aquella sonrisa brillante.- Creo que al salir de casa, podía haber aquí más de una tonelada de amor – Miró su cesta, introdujo la mano en el vacío y la agitó suavemente, cómo si acariciara algo. Bueno, algo no. Su amor.- Ahora me deben quedar, no sé… ¿Veinte kilos?. Ya estoy acabándolo.

-Ya . Tu amor. - Ya se sabe. Lo mejor es no preguntar pero una vez ya te has metido en la faena… – ¿Y qué le pasa a tu amor? ¿Mengua?- Si , debo admitir que fuí un poco irónica con la señora de la bici rosa pero, claro, me estaba diciendo que tenía una tonelada y que tras su paseo circular, le quedaban veinte kilos. Eso, requería una explicación.

-. ¡No! Mi amor no mengua… Lo esparzo.- me dijo ella mirándome con incredulidad- ¿Qué no lo ves?. Está en las calles, en los árboles, en los semáforos, en las aceras, en …

- Ehhh.. No lo veo. - Y, de verdad, no lo veía aunque… ¿lo estaba oliendo?- …pero huele muy bien cuando pasas por aquí.

- Gracias, es mi amor que , hoy,  huele a Vainilla Salvaje. – Vale. Llegado a este punto de la conversación, creí acertado despedirme de la mujer . Su locura , aunque encantadora, me producía una tristeza intensa, casi líquida…pero no tuve ocasión. Fue ella la que se subió en su bici y, cual Reina de las Bicicletas Rosas, me lanzó un beso con la mano y me dijo :  Hay un montoncito debajo de tu ventana, por si lo necesitas

Seguí viéndola pasar por mi ventana . Me sonreía con cariño y yo le devolvía la sonrisa. Cuando se alejaba, debía sacudirme esa extraña sensación de pena que sentía por ella.

Pero una mañana ocurrió algo extraordinario. Un apuesto caballero llamó a mi puerta.

-¿Es suyo este montoncito de amor que hay bajo su ventana?.- me preguntó con una mirada brillante.

- No, no es mío. Es de la señora de la bici rosa. Es la que lo esparce. – Pensé que me estaba volviendo loca, igual que ella. Le estaba diciendo a ese hombre…

- ¿Y dónde puedo encontrarla?- interrumpió mis pensamientos con una sonrisa que me desarmó por completo.Miré mi reloj y calculé cuantos minutos tardaría la señora de la bici rosa en pasar por mi ventana.

- En cinco minutos, pasará por esta calle- le dije.

El encuentro de esas dos personas fue delicioso. El aroma a Vainilla saturaba el ambiente.  La señora de la bici rosa fue desacelerando el pedaleo cuando vió al hombre que me acompañaba. Se paró, puso el caballete y se lanzó a sus brazos. Se besaron y se abrazaron sin dejar de reír.

-¡Has encontrado mi amor!- le susurraba ella, colgada a su cuello.

-Llevo siguiendo este rastro de luz toda mi vida. Casi no podía creerlo cuando he visto tu amor en las aceras, en los árboles… Incluso hay un montoncito debajo de esta ventana…- le decía él, embriagado de felicidad.

Me regalaron la bici  y se fueron paseando, cogidos del brazo, calle abajo. Nunca más los he vuelto a ver. Antes de partir, la mujer de la bici rosa, me dijo cómo debía esparcir mi amor.

Y, la verdad, no le hice caso…al principio. Continué con mi vida , abriendo mi ventana por las mañanas , echando de menos el sonido del pedaleo y esos efluvios de dulzura hasta que una de esas mañanas… ¡Lo ví!. Ví el montoncito de diminutos corazones rojos, amontanados bajo mi ventana…

Bajé al trastero y cogí la bici. La cesta estaba repleta de amor. Había más en el trastero y en mis armarios… Llené la cesta y salí a la calle.

Soy esa mujer que pasa por delante de tu puerta. Esa que no sabes que es lo que lleva en su cesta. La extraña loca que pedalea en circulos…

Pero, no te preocupes. He dejado un montoncito bajo tu ventana.

N. B : Lo que dan de sí las almohadas, oye….

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La almohada.

Los que duermen sin ella, no entenderán la importancia del gesto que hice al donarla. Por el bien de la humanidad, me dije. Y , claro, el concepto de humanidad es tan trascendente que no hubiese podido dormir ( con almohada o sin almohada) durante el resto de mi vida si no hubiese compartido los dones de la mía…

Curiosamente, ahora que ya no la tengo,  empiezo a sospechar que la cabeza que se apoya , también es importante en la ecuación pero… dejad que os explique un poco esto de la almohada.

Mi vida estaba anclada en una cierta normalidad, hasta que descubrí a mi mujer ( siete años de feliz matrimonio!), refocilándose en mi cama, con un tipo alto y moreno. No quiero entrar en detalles y es mejor que no lo haga pero si que quiero incidir en uno en concreto . Cuando abrí la puerta del dormitorio conyugal (había dado la vuelta del camino del trabajo para ir a buscar mi móvil, olvidado en casa, cargándose en la mesilla de noche. Más típico, imposible), la imagen que vi y que quedó grabada en mi cerebro , a cámara lenta, fue la de las manos morenas de aquel hombre, sosteniendo mi almohada e iniciando la acción de “te la coloco bajo el trasero para alzarte las caderas”… Mi mujer, mi almohada, …mis cuernos.

Nos separamos (tampoco entraré en detalles) e inicié mi solitaria vida actual en un pequeño apartamento que pude comprar con la mitad de la venta de la casa común. No quise ninguno de los muebles, ni cuadros, floreros o floripondios que me recordarán a la traidora. Sólo incauté mi colección de música, mis libros, mis utensilios de cocina de calidad chef ( espero que el tipo alto y moreno sepa cocinar como yo) y objetos sencillos que eran míos y tenían un valor especial para mí : dos juegos de toallas bordadas por mi madre, con mis iniciales ( nunca le había gustado mi ex mujer y se había negado a bordar las suyas), una camiseta del Barça firmada por Ronaldinho y una bola de nieve que compré en Nueva York, en un viaje con mis amigos antes de liarme con la traidora.

Adquirí mis nuevos muebles en IKEA y me dediqué a abrir las cajas que se habían quedado apiladas tras la mudanza. Coloqué los libros, los CD, la bola de nieve… Abrí la última caja y saqué la camiseta, las toallas ( ¡Qué lista era mi madre!) y… allí estaba , aplastada contra el fondo de la caja, la asquerosa almohada que había sido mía , antes de la traición.

Puedo entender que mi ex la pusiera allí sin mala intención… Casi me lo creo. Soy de ese tipo de ser humano que si no tiene la almohada precisa, justa y exacta, duerme mal, se despierta con terribles dolores de cuello o… directamente no duerme. Y me había costado mucho encontrar “La Almohada Perfecta”… ¡Tantas pruebas, tantas almohadas! Pillow, no pillow;  con forma cervical, alargada o en forma de cuadrante, de consistencia baja, media, intensa o dura; de plumas o de látex; aromatizada, ecológica…

Tras muchas noches sin descansar bien había encontrado “La Almohada Perfecta”  y esa era la que el tipo alto y moreno había utilizado para…en fin, prefiero no conjurar esa imagen. Estoy casi curado. Casi…

Con guantes de látex, le hice una autopsia a La Almohada Perfecta con todo el dolor de mi corazón pero… no pude evitar sentirme extrañamente liberado cuando el cuchillo jamonero rasgaba las última porciones de  plumas y jirones de tela… Me cargué la almohada…

 

Así que volví a empezar la búsqueda. El modelo de la tristemente desaparecida almohada, estaba descatalogado y probé otros similares pero nada. Fui a todas las tiendas especializadas que hay en mi ciudad, compré por Internet…Nada.

Un sábado al salir de casa de mi madre ( me había llamado sólo para decirme que había hecho cocido) había decidido ir a la mía paseando ya que  las lorzas de cerdo que mi madre ponía al puchero se balanceaban en mi estómago.

Al llegar al final de la calle, vi el escaparate de la Colchonería Martínez, del Señor Martínez de toda la vida, con un gran letrero de “Se traspasa. Se liquidan existencias”. El Sr. Martínez estaba en la puerta y me saludó al reconocerme. El barrio ha cambiado, la gente ha cambiado. Todos van a El Corte Inglés a comprar sus colchones y sus almohadas. Y si no, eso de Lo Monaco los convence… me decía el Sr. Martínez meneando la cabeza. Fue decir almohada y despertarse mi ansia : ¿Tiene almohadas en la tienda?

Así fue como salí de allí con una almohada que ya no se fabrica, que el Sr. Martínez guardaba como si fuera un tesoro y que me regalo con una reverencia y una ceremonia que me hizo sentir un poco violento… Más que una almohada parecía que me estaba regalando El Santo Grial, sea lo que sea eso…

Mientras me alejaba, el Sr. Martínez me gritó: Y no te olvides de consultar todo con la almohada- y ya no sé si lo que siguió fue una risita siniestra o encantadora.

Nuestra primera vez fue mágica. Aquella almohada y yo nos entendimos a la perfección y pude descansar bien por primera vez en mucho tiempo. No era dura , ni blanda. Ni muy alargada ni muy cuadrada…Perfecta. Una vez en mi poder, lo de la almohada dejó de preocuparme hasta que me encontré al Sr, Martínez en el portal de casa de mis padres. Era domingo y había caído una paella marinera de quitar el hipo. Mi padre había sido generoso con el cava y no sólo me sentía lleno, también un poco mareado.

El hombre me saludó y me preguntó si me encontraba bien . Le contesté lo habitual, intentando hablar con naturalidad y sin balbucear ( que era lo que hice, claro). Entonces, me guiñó el ojo y me dijo : ¿Ya has consultado con la almohada?.Le respondí que la almohada, bien, gracias pero él insistió : Veo que aún no le has consultado nada, chaval. Consulta, consulta. Se alejó con aquella risita siniestra o encantadora. No lo sé. Ese momento está un poco borroso en mi mente…

Llegué a casa y mi cuerpo me rogó una siestecita. No, más que una siestecita : una siestaza. De las de “con pijama y en la cama”. Le concedí su deseo y me hundí en mi colchón ergonómico apoyando mi cabeza en la almohada.

No pude evitar que se me escaparan unas risitas: Consulta, consulta- recordé la voz del Sr.Martínez. Aún riéndome (ese cava era excelente), me incorporé, miré la almohada y le dije : A ver, quiero consultar una cosa con mi almohada…¿Qué te puedo consultar, chata?…Mmmm.¡Ya lo sé! Mañana pasan la porra de la empresa para el partido Barça-Madrid.¿Qué resultado elijo, almohadita?… Sí, sé que suena ridículo pero estaba chisposo y me salió así…

A la mañana siguiente, debajo de la almohada había una notita blanca : “3-2” ¿Miedo? No, no sentí miedo. La cosa era tan , tan estúpida que no quise analizar de dónde había salido aquella notita. Sólo sé que aposté por el 3-2 y gané 800 euros que me hicieron bastante feliz…Ya sobrio, la noche siguiente decidí consultar a mi almohada, un problema técnico que teníamos con una reproducción vectorial de un nisomágrafo de partículas ( olvidé comentaros que soy ingeniero) y, a la mañana siguiente, en vez de una notita había dos folios tamaño Din A-4 con una profusa descripción de los errores de cálculo que habíamos cometido y su corrección… Me temblaban las manos cuando acabé de leer el contenido de aquellas páginas. No hace falta que os diga que conseguimos hacer funcionar el nisomágrafo sin problemas…

Ese día, al salir del trabajo, fui a ver al Sr. Martínez. La tienda ya estaba cerrada y nadie sabía a dónde había ido con el dinero del traspaso. Al llegar a casa, me dediqué a observar la almohada con interés científico. La toqué, la palpé, la escaneé …Nada la hacía diferente de una almohada normal…Y era tan suave…Y tan perfecta. ¿Qué mal había en tener una almohada con la que consultar tus problemas?.

Mi vida ha sido un éxito continuo desde entonces. Todas las decisiones que había tomado, gracias a consultar con la almohada, me han llevado por un camino de gratificaciones, de victorias , de placer… Tengo una pareja estable ( estamos embarazados!), amigos de verdad, he ascendido en el trabajo, me he comprado una casita en el campo…Esta vez , mi madre sí que ha bordado las iniciales de mi mujer en las toallas de turno y… todo es maravilloso. No sé que más le puedo pedir a la vida.

En cambio, en España las cosas cada vez van peor: crisis, desempleo, crisis y crisis

En uno de esos momentos de autocomplacencia y ante esta plenitud vital que me embargaba, yo que siempre he sido generoso, me dije : Con lo mal que va el país ¿Por qué no donar mi almohada al gobierno?.  ¿Qué mejor lugar que debajo de la cabeza del que toma las decisiones?.

No fue fácil llegar hasta él . No fue fácil convencerlo pero tuve un golpe de suerte cuando vino a inaugurar el nuevo nisomágrafo de la Universidad donde trabajo.

Me comentó que tenía dolores en las cervicales ( el nisomágrafo, entre otras cosas iba a servir para eso) y yo le hablé de la almohada…Le dije que la probará. Una vez. Fuera por mi autoridad en el campo científico ( gracias a la almohada) o por lo convincente de mi discurso que el Presidente aceptó que los servicios de seguridad analizaran la almohada y si no había nada raro, iba a dormir con ella. Yo le recordé : Y consulte, consulte.

Fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida pero sentía que debía hacerlo. Me separé de la almohada…por el bien del país.

Un mes más tarde, me llegó un mensaje del Gabinete de Gobierno. El Presidente estaba encantado con la almohada de la Colchonería del Sr. Martínez. Al final de la nota el mismo Presidente había escrito de su puño y letra : Y consulto, consulto…

Ahora estoy empezando a sospechar que cometí un grave error. Algo está fallando en su funcionamiento. Ha sido “ Consultar a la almohada” y  están pasando cosas como bajar las pensiones o limitar la velocidad a 110Km/hora para ahorrar combustible… El paro sigue subiendo y el gobierno subvenciona el cambio de neumáticos antiguos por los ecológicos…¿Alguna medida para fomentar el empleo,? No. Lo de los neumáticos.  Nada. La almohada está fallando…y la cosa puede ir a peor…

Ya íbamos mal pero ahora, por mi culpa, consultando a la almohada, esto se está poniendo raro…

Si alguien conoce al Sr. Martínez ( se fue a un viaje del Inserso y no ha regresado), o lo ha visto últimamente, ruego se pongan en contacto conmigo. Él es el único que puede tener la información para desactivar el modo “Consultar con la almohada” de la susodicha almohada.

Sr. Martínez, si lee estas líneas : soy el hijo de la Pruden. El que le compró la almohada. Necesito ponerme en contacto con Ud. Es muy urgente.

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Cutlery Romance

Ya sé que pensaréis que padezco algún tipo de obsesión. Sin conocerme, igual me tildáis de maniática, o neurótica, o esas otras etiquetas que utilizáis cuando algo no se ajusta a los parámetros normales. Pero a mí me da igual. Siempre he creído que nadie puede medir la normalidad. ¿Cómo van a hacerlo si todos somos diferentes?…

Mi diferencia, lo que me aparta de ese patrón de los seres humanos normales,  es algo que no hace daño a nadie. Ni siquiera a mí misma. Al contrario, me reconforta. No entiendo por qué mi cuñada me mira de esa forma tan extraña cuando me apresuró a ubicar la pila de revistas de decoración, en el lugar exacto de la mesita de centro. ¡Me encanta la decoración!

Colecciono todas las publicaciones sobre el tema y me encanta dejar unos ejemplares con lo que más me ha llamado la atención en mi preciosa mesa de centro (es una antiguo telar restaurado). Mis cosas, deben estar situadas en las coordenadas exactas. En los lugares correctos. Soy yo la que determina cual es la posición de las revistas, los platitos incas, el jarrón japonés, las velas aromáticas, el mando de la televisión… Mis libros están ordenados por orden alfabético del autor  y con un sub-orden por tamaño del ejemplar para no desequilibrar la armonía de la estantería… Mis víveres están clasificados por tipo y fecha de caducidad y todas las latas y envases deben situarse con las etiquetas en la zona frontal.

Todos los objetos están en dónde deben estar en La República Independiente de Mi Casa. Y cómo bien dicen los señores de IKEA, mi casa es m-i   c-a-s-a y si quiero tener el cajón de la lencería ordenado por tonos cromáticos y ocasiones de uso (para diario, para sexo, para la regla, para ir ceñida, para el gimnasio,…), lo tengo. Y punto. ¿Qué más da? Así que cuando llega mi cuñada,  de exuberantes piernas rematadas por tacones que joroban mi parquet  y se sienta en mi sofá, no sin antes lanzar los cojines (que le molestan) aquí y allá, debo contar hasta diez para no volver a colocarlos en su sitio. Cuando se pone a manosear mis revistas que deja por encima de la mesa, encima de los platitos incas, me sumo en un estado zen para no lanzarme sobre ellas (las revistas) y volverlas a apilar en la esquina derecha del cuadrante inferior… Nunca consigo que esas técnicas de relajación surjan efecto y acabo marcándola de cerca (a mi cuñada), reubicando todos los elementos y sintiendo su mirada de “estás como una cabra” en mi nuca.

Y este extraño día que estoy pasando, me hace pensar que mi cuñada puede estar en lo cierto. He perdido la chaveta en algún lugar del camino… Todo ha empezado esta mañana. He abierto el cajón de la cubertería para coger la cuchara de dimensiones perfectas para mi cappuccino, cuando he observado que había un tenedor en el compartimento de los cuchillos. ¿Qué hacía un t-e-n-e-d-o-r  en el lugar de los c-u-ch-i-ll-o-s.? Es más, ¿Qué hacía un cubierto mal puesto en mi cajón de mi cocina? Inmediatamente, he alargado la mano para coger el tenedor y ponerlo en el lugar correcto. He notado un leve tirón y una cierta resistencia por parte del tenedor, así que me lo he puesto a la altura de los ojos y lo he observado con atención. Lo he agitado en el aire y he comprobado que todo era normal. Cuando lo he dejado en el cajón, me ha parecido que el cuchillo se había desplazado hacia la derecha, así que también lo he colocado bien. Al cerrar el cajón, he oído unos sollozos tristes y desesperados. He mirado hacia el televisor, que creía que estaba apagado. Y lo estaba. Los sollozos se habían convertido en un llanto desgarrado y provenían del cajón. Parecía increíble pero…abrí el cajón y el llanto cesó de repente.  El tenedor había avanzado posiciones y ya estaba con las cucharas. El cuchillo se había desplazado hacia el extremo del compartimento. ¡Qué raro! pensé en ese momento. Me habré equivocado al ponerlo antes- me dije mientras volvía a poner el tenedor rebelde con los otros tenedores…

Estaba dejando mi taza, perfectamente limpia, en la estantería de las tazas de por la mañana, sección colores fríos (me había decantado por la azul), cuando escuché unos quejidos entrecortados… y el llanto, de nuevo.

Abrí el cajón y se hizo el silencio. El maldito tenedor, había quedado perpendicular al hueco de las cucharas y los otros tenedores. Me enfurecí. El tenedor, por lo que fuera, se rebelaba al orden pre-establecido. Me prometí concederle una última oportunidad (dijo el maestro Zen) y lo coloqué con una fuerza superior a la que era necesaria, en el puto compartimento de los putos tenedores. Y cerré el cajón con delicadeza, para evitar posibles desplazamientos no deseados.

Y venga el lloro… He pasado el día intentando olvidar el episodio del tenedor. He ido a comprar al mercado del barrio y cuando he llegado a casa, me he visto obligada a entrar en la cocina. Tenía que colocar los productos frescos en las repisas del refrigerador correspondientes (las había etiquetado con mi Dymo) y no podía romper la cadena de frío. Me he sentido aliviada al comprobar que sólo se oía el zumbido de la nevera. He organizado mi compra y he necesitado un cuchillo para cortar la malla de las naranjas. Cuando he abierto el cajón: ¡El tenedor con lo cuchillos!

Si en algún momento se me había pasado por la cabeza que había algo raro en el cajón de mi cubertería, ahora se veía confirmado.

El tenedor se movía-autónomamente- por el cajón.

Pero lo que más me impactó de este descubrimiento, no es que se moviera… No. Lo más importante era que rompía mi estructura del orden de mi casa (“casa” incluye el cajón de la cubertería). Para comprobar mi teoría de que el tenedor tenía vida propia, lo cogí, le dije “Ahora verás” y lo puse en su sitio. Fue cerrar el cajón y oír los sollozos. Abrí el cajón y cogí, de nuevo, el tenedor insumiso, lo miré con asco y lo tiré al cubo de la basura. Alguien lloraba, cada vez con más fuerza, en mi cocina. .. Tenía que acabar con él. Bajé la bolsa de basura y la tiré al container. Satisfecha con mi acción de pura venganza (hacia el tenedor) entré en la cocina. Ya no era un lloro, eran alaridos desgarradores… No entendía nada. ¿No había exterminado al tenedor? Abrí el cajón y…tengo que ir más rápido.No me quedan fuerzas  y  el tiempo se acaba, por lo menos para mí.  Me he extendido demasiado explicando cómo he llegado hasta aquí y por qué tengo un cuchillo viviente (que no para de llorar desconsoladamente) clavado en mi pecho.

Ha sido un crimen pasional. El cuchillo y el tenedor se amaban locamente y no podían soportar estar separados. El exilio forzoso al que condené al tenedor, despertó al monstruo interior del cuchillo, que se abalanzó sobre mí y se ha quedado insertado en el centro de mi corazón. Mi final, está siendo mucho más terrible ya que el cuchillo solloza, grita y llora por su tenedor perdido.

El llorón era el cuchillo…

Noto que esto ya se acaba… Por lo menos, dejaré de oír a este cuchillo quejica…

Yo lo único que quiero, en estos segundos de lucidez, es dejar clara mi última voluntad.

Que este cuchillo sea entregado,  como herencia, a mi cuñada.

Gracias.

 

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Un sofá blanco…

Encontré el sofá el lunes pasado por la noche. Lloviznaba suavemente …Tan delicada era la lluvia que parecía no mojarte pero la leve capa de agua que escapaba del cielo, estaba muy, muy fría. No había sido buena idea bajar la basura a aquella hora de la noche , en pijama y con las zapatillas mullidas de estar por casa…pero de eso, me di cuenta más tarde. Mucho más tarde.

Fueron escasos los minutos que invertí en depositar mis escombros en los recipientes adecuados .Mi espíritu reciclador (Reciclator, era cómo lo llamaba en mi intimidad interior) me ayudaba a realizar un exhausto proceso selectivo de todos mis deshechos y llevaba mis bolsas ya clasificadas para tal menester. La última bolsa a depositar era la del papel, y para ello tenía que desplazarme en línea recta, los diez metros que ocupaban cada uno de los containeres de cada una de las cosas que debíamos separar para su reciclado… Aceites, pilas, vidrio, papel, plástico , orgánico, cápsulas de café, spray…

Los lunes, a partir de las nueve de la noche, se podían sacar todos los muebles y trastos viejos, ya que había un servicio de recogida habilitado para todo el vecindario. Normalmente, me encontraba con ese triste espectáculo del colchón lleno de manchas de origen desconocido ( o mejor , desconocerlo ), o ese mueble de fórmica desconchado, o una silla de mimbre desecha… pero, esta vez, lo que vieron mis ojos fue un imponente sofá de tres plazas que parecía brillar a la luz de la luna.

No sé si serían las gotitas de agua , ya escarchadas sobre la tapicería o mi imaginación que me jugó una mala pasada, pero el sofá , brillaba. Te lo juro. Me atraía como un imán…Al acercarme y observarlo con detenimiento, pude comprobar que no tenía ningún desperfecto y que ni siquiera el color blanco deslumbrante se veía mermado. ¿Quién tiraría un sofá nuevo, por Dios?. Pensé en mi pobre armatoste del IKEA , lleno de manchitas irrecuperables y pequeños surcos allí donde mi cuerpo  lo había moldeado y en , ese momento, Reciclator, mi férreo espíritu reciclador, apareció con toda la furia que poseen los espíritus furiosos. No es una redundancia… es mucha furia.

Esa es la única explicación posible para que yo sola pudiera cargar el sofá de tres plazas y entrarlo por la puerta de mi casa ( ya sé que vivo en la primera planta pero…¿Tú has visto ese sofá?). El Reciclator me dio fuerzas divinas  y no sólo dejé el  sofá en mi salón, precioso y brillante si no que bajé mi pobre dos plazas ( color marrón chocolate) y lo dejé en la zona de los trastos viejos.

Lo estaba admirando, felicitándome por mi buena suerte y apreciando lo bien que quedaba frente a mi televisor. Estaba empapada y dejando un charco de agua , gracias al poder de absorción de mis mullidas zapatillas de estar por casa. Me daba miedo acercarme al sofá para no mancharlo… Entonces apareció mi gata, dándome la Bienvenida tras la expedición nocturna de “Tirar la basura y encontrar un sofá”.

Se detuvo al ver aquel objeto que no le era familiar, en el centro de nuestros salón. Lo olisqueó, recorrió su perímetro, lo volvió a olisquear… Entonces toda ella se arqueó dramáticamente y dejó que su suave pelaje se levantara , en plan puerco espín. Y mira que eso es raro. Missy es ( perdón, era), una gata amistosa y muy cariñosa. Nunca se había mostrado así ante nadie ni nada …

Bueno, miento. Una vez  me dejaron al cuidado de un amable cachorro de pastor alemán , durante apenas 48 horas y Missy ( nunca he sido original para esto de los nombres, lo sé) se volvió loca pero… nunca más, la verdad. Eso me tenía que haber hecho sospechar pero… ¿Cómo iba a pensar yo…? …

La cogí en mis brazos y acaricié su cabecita peluda. – Tranquila , solo es un nuevo sofá- le murmuré al oído…

Esa fue la última vez que la toqué…¡Pobre Missy!.

Ya con la urgencia de sacarme el pijama y las chorreantes ( y mullidas zapatillas), la lancé suavemente al centro del sofá blanco y brillante .Y , ¿qué pasó?… Se oyó un gran “Flop” y Myssy desapareció como engullida por el maldito sofá.

No te puedes imaginar que espanto. No me saco ese “Flop” de la cabeza.

Grité su nombre pero el sofá no me devolvió a Missy. Aterrada, cogí un libro que tenía encima de la mesa. No te creas que uno cualquiera… Era el tocho de los “Pilares de la Tierra”. Bien grande y hermoso…y visible. Lo tiré al sofá y ¡desapareció!. Lancé un cenicero, un jarrón de Murano ( especialmente feo . Ese que me había regalado mi cuñada), el mando de la tele ( si ya sé que eso fue una estupidez) y , por fin, las chorreantes y mullidas zapatillas… El sofá se lo zampó todo. No dejó ni las migas…¿Entiendes ahora por qué te llamo pidiéndote ayuda?. Llevo una semana en una habitación de hotel, esperando que llegué de nuevo el lunes y pueda volver a sacar el sofá maldito del salón de mi casa…

Sólo se pueden tirar los trastos viejos el lunes por la noche y yo sola, no podré sacarlo…

¿Puedes venir a ayudarme?…

 

Foto : Sofá diseñado por Lila lang

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Soul Eraser

Me encontré la cajita en la puerta de casa. Era de un cartón sencillo y llevaba una simple etiqueta blanca con la palabra “SoulEraser”. No parecía peligrosa pero sí que me resultó muy raro encontrar un paquete en el felpudo del IKEA ( no me había podido resistir a lo de “Bienvenido a la República Independiente de Mi Casa”). Así que primero me agaché, alejada del paquetito y leí la etiqueta. Me acerqué un poquito más , pero no observé nada extraño. Me incorporé y le dí un golpecito con el pie. Comprobé que era liviano y sentí una especie de alivio interior. Ya más confiada, la cogí y la agité . Había algo poco pesado que hacía un ruidito especial. Desde luego, no era metálico. Lo agité un poco más , situándolo cerca de la oreja y de una forma ya confiada, decidí que lo abriría en casa , que no era peligroso.

En el interior, protegido por un papel esponjoso, había un sencillo lápiz de madera con una punta de goma de borrar. Lo miré por arriba y por abajo. Le dí la vuelta, toqué la goma y presioné la mina de carbón. No parecía nada más que un sencillo lápiz de madera como los de toda la vida pero , en vez de poner Staedtler, allí , en letras marrones, habían grabado SoulEraser.

Lo dejé en un tarrito en el que iba acumulando lápices y bolígrafos , olvidado entre sus amigos de colores, hasta que un día lo cogí , distraídamente, para tomar nota de un teléfono.  Se quedó por allí encima y , esa misma tarde, me ví inmersa en una larga charla telefónica con una compañera de trabajo en la que me informaba de las últimas noticias de la empresa. Yo optaba a una promoción interna que estaba segura que no me iban a dar, ya que mi rival  era la mano derecha ( y se decía que más cosas) del jefe de departamento que iba a tomar la decisión. Mientrás escuchaba los cotilleos, iba dibujando tontamente . Pelo largo, ojos saltones… Sin querer, me iba saliendo una caricatura infantil  de mi archi-enemiga laboral( lo mio no había sido nunca el dibujo) . Cuando colgué el telefono y ví mi obra de arte, no se me ocurrió otra cosa que empezar a borrarla. Le dí la vuelta al lápiz y froté el papel hasta que se llenó de migas de goma que después tuve que sacudir de mis pantalones. Después lo arrugué y lo tiré a la papelera.

Al día siguiente, mi competencia directa para optar al ascenso había desaparecido de la faz de la tierra.  Nadie sabía nada de ella. No-Nadie-Nada.

No diré que no me apenara aquella extraña situación pero ya aposentada en mi nuevo cargo en el Departamento, tampoco es que me preocupara mucho lo que le había pasado a aquella mujer. Pero, a menudo, cuando pensaba en ella ( no podía controlar el discurrir de mis pensamientos), mi cerebro conjuraba la imagen de aquel dibujo grotesco …

Unos meses más tarde, me encontraba sentada en la mesa de la cocina tras una pelea con mi novio. Era domingo y él se había ido al fútbol con los amigos. Lo de “ir al fútbol” era un concepto muy amplio temporalmente : por la mañana, se iba a jugar con los amigos. Por la tarde, iba a ver el partido y por la noche, se tomaba unas cervezas viendo la repetición de las mejores jugadas… Después de media liga, Copa del Rey y Champions, la cosa había estallado… Irritada y aburrida,  con una taza de café en mis manos y leída ya toda la prensa del día, empecé a juguetear con un papel y el “sencillo lápiz de madera” que seguía estando rodando por mi encimera. Dibujé su cabezota calva , el horrible bañador de flores (tipo hawaino) , la forma abultada de las pantorrillas y el tatuaje que se había hecho en el tobillo ( en un ataque Ibiza-Gilipollas) del escudo de su equipo de fútbol. El dibujo, una vez más, representaba una figura grotesca de trazo no muy delicado. Me dí cuenta que lo de dibujar mal era poco calificativo para mí. Lo mío era “tremendo”. Así que, le dí la vuelta al lápiz y… a borrar.

Mi novio no volvió jamás a casa. Nadie lo vió tras el partido. No-Nada-nadie.

Identificado el “causa-efecto” me dí cuenta que tenía un poderoso y sencillo lápiz de madera con la punta de goma de borrar.

Y podía borrar a las personas…

Así que ,me dediqué a dibujar a muchos y a muchas y a borrarlos con especial dedicación.   Es posible que si el lápiz hubiese caido en otras manos dibujantes, la cosa hubiese sido distinta pero … me llegó a mí. Al felpudo de mi puerta.

Soy una persona muy volátil. No soy malvada pero sí un poco inestable. Lo que pasa es que lo disimulo muy bien. Si me cabreas, te dibujo y te borro. Lo que pasa, es que no soy rencorosa y después, me sabe mal haberlo hecho. Si las personas no se borraran de verdad, no pasaría nada. Serían papelitos arrugados en mi cubo de la basura pero resulta que tengo el sencillo lápiz de madera y …yo…puedo borrar.

Mi madre me criticó por mi actitud cuando mi novio desapareció. Me llamó indecente por haber salido a tomar unas copas con mis nuevos compañeros de trabajo ( los que no interesaban, ya habían sido borrados de mi vida) así que la dibujé y la borré. Hice lo mismo con mi mejor amiga cuando me acusó de estar desequilibrada y obsesionada con mi sencillo lápiz de madera.

Borré y borré hasta que dejé el sencillo lápiz de madera con la goma de borrar en las últimas.  Y con esto llego a hoy. Al ahora mismo.

Estoy sola. Completamente sola. Borrando y borrando se me ha ido la mano y ya no queda nadie reconocible en mi entorno. Nadie con quién compartir los recuerdos. No-Nada-Nadie.No quiero seguir aquí.No hay nada. No hay nadie…

Así que te tomado una decisión y he decidido borr…

(…)

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Dirección IP

Dirección IP

No lo llames “viaje astral”. Utiliza cualquier otro nombre, etiquétalo cómo quieras pero nada de desdoblamientos y planos astrales… Yo sólo me duermo y antes de hacerlo, me concentro en el lugar al que quiero viajar y cuando se me cierran los ojos, ya estoy allí. Pensarás que, simplemente, recuerdo mis sueños y que, de alguna forma inexplicable, puedo programarlos pero, aunque hay una parte de verdad en eso, no es eso

Verás, ya llevo años practicando mis excursiones-a-ojos-cerrados (EOC) y sé que difieren de los sueños: siempre hay alguna huella que delata que he estado físicamente en ese lugar. Pueden ser objetos, rasguños o barro en mis pies… Es de lo más desconcertante y he intentado buscar una explicación lógica a mis EOC pero, tras intentos infructuosos, me dedico a disfrutar de este extraño don sin perder el tiempo en reflexiones inútiles.

Ahora, en estos mismos momentos, ya estás pensando que estoy loca. Es posible. No seré yo quien lo niegue pero deja que te explique cómo descubrí que puedo viajar  a dónde me dé la gana y sin más complicaciones que cerrar los ojos y dormir… Ni me separo de mi cuerpo, ni sufro la angustia de si me voy a fusionar de nuevo, con mi yo físico. Simplemente, me duermo, viajo y me despierto.

La primera vez en que fui consciente del asunto, tenía veintidós años. Era una noche lluviosa y desapacible y me encontraba en mi cama, insomne, pensando en mi novio que hacía tres semanas que se había ido de la ciudad. Le habían concedido una beca de estudios en una Universidad a tres horas de distancia de nuestro barrio y de nuestra vida, en general. Hablábamos cada día por teléfono pero, en las últimas conversaciones había notado una actitud un tanto distante.

Esa tarde, la del día del “descubrimiento”, me había comentado, como quien no quiere la cosa, que iba a asistir a una fiesta en el campus. Había sido una frase más, en un contexto lleno de otras muchas, pero me había llamado poderosamente la atención y me mantenía despierta, escuchando los truenos y el tintineo de la lluvia en la ventana. Empecé a pensar en él pero después visualicé el entorno universitario e imaginé su habitación, en la residencia de estudiantes. Lo último que recuerdo, antes de dormir, es que repetía, murmurando, la dirección exacta a la que le enviaba los paquetitos “de cosas nuestras”… En tres semanas, ya le había enviado cuatro paquetes con comida, música, libros y camisetas a las que había casi empapado en mi perfume…

Y así, diciendo la dirección postal, a la que vez que me dormía en cuestión de segundos me encontré en una sala llena de gente joven y humo. La música, alta, escondía las risas y las conversaciones. En un extremo, una mesa llena de bebidas, vasos y hielo. Estaba en una fiesta…

Observé a mí alrededor y no reconocí ninguno de los rostros que me rodeaban. Me di cuenta que nadie reparaba en mí: no me hablaban, no se dirigían a mí y me traspasaban sin ningún miramiento, al moverse.

No has leído mal: me traspasaban literalmente. Yo era cómo uno de esos fantasmas de las películas de terror, incorpóreo, invisible…

No estaba asustada. Tenía clarísimo que era un sueño… Me acerqué a una de las ventanas y miré al exterior: ¡era el campus de mi novio! Sentí una extraña euforia al comprender que estaba en su fiesta y comencé a buscarlo por la sala. Al no encontrarlo entre los que estaban de pie o bailando, hice un rápido barrido por las zonas de sofás y… ¿qué me encontré?

Ya lo sabes, no haría falta que me volviera a humillar de nuevo pero, por si necesitas que te lo confirme, lo haré. ¡Sí!, él estaba con una chica morena, preciosa… Enredados totalmente, un lío de brazos y piernas, lenguas frenéticas y…cuernos de nueva factura, apareciendo en la parte superior de mi cabeza fantasmal.

Hasta aquí, la historia te queda clara, ¿no? Crees que soñé que mi novio me la pegaba con otra pero, si es así, ¿cómo explicas lo del mechón de pelo? Y es que no pude soportar la visión de la traición, tras siete años de noviazgo tradicional, y me lancé de cabeza a la morenaza. Mi ex novio tenía cara de susto, cuando vio cómo aquella belleza, hacía un extraño movimiento, casi antinatural, cabeza arriba y cabeza abajo, para después ver un trozo de pelo, ascendiendo en el aire y volatizándose a los pocos segundos. Era mi yo invisible, tirando de los pelos a aquella guarra…Un poco agresivo, lo sé pero no me pude controlar…

Por la mañana, me desperté cansadísima y triste. Mi mano derecha agarraba con fuerza un largó mechón de pelo negro y sedoso. Esa misma tarde, él me llamó y dejó lo nuestro en “estado de ruptura provisional”. Yo le cambié lo de “provisional” por “definitivo”.

Parece una historia triste pero, no te preocupes, ya ha pasado mucho tiempo y ya he superado lo de mi ex y, además, gracias a él, descubrí que puedo hacer EOC’s.

Las excursiones- a -ojos -cerrados tienen un método de activación. Me costó descubrir qué factores me habían trasladado a la fiesta de mi ex aquella noche lluviosa (déjame que sea un poco teatral). Primero pensé que la concentración era básica para poder viajar. Cada noche me concentraba en un lugar concreto antes de dormir pero no conseguía acceder. ¿Y si era la carga emocional del lugar? Probé, entonces, centrar mis pensamientos en lugares que amaba o en los que habitaban los que me importaban. Tampoco funcionó.

Pasaron meses y meses hasta que, ya olvidado el suceso de Expediente X de aquella noche tormentosa (es que me gusta el dramatismo), un inesperado regalo me proporcionó la respuesta que buscaba.

Mi familia y amigos me llaman la “desorientada” (siempre llego tarde a las citas al perderme con el coche por las calles de la ciudad, nunca doy las indicaciones correctas para llegar a un destino y suelo leer los mapas al revés) y esa característica diferencial de mi persona les llevó a regalarme un GPS. ¡Bendito regalo! Gracias a la voz de esa señora tan recta y sobria llego a mi destino con una facilidad asombrosa.

Me da igual dónde haya que ir… si está en mi GPS me atrevo a todo. Con ese aparato, descubrí lo de las coordenadas de longitud y latitud asignadas a cada dirección y una noche, busqué y memoricé la de la casa de la playa de mi hermana, a la que iba a visitar al día siguiente. Me metí en la cama, repitiendo mentalmente las coordenadas para introducirlas en el GPS.

¡Qué bonito está el mar de noche! Y más, si lo puedes sobrevolar…Me colé en la habitación de mi hermana y la observé mientras dormía abrazada a mi cuñado… ¡Cómo roncaba, Dios mío! Miré a mi alrededor, buscando un objeto para llevarme de vuelta y, así, comprobar empíricamente que lo que fuera yo en aquel momento, había estado allí. Encima de la mesilla de noche, había una pila de libros. Acerqué la mano a “El Tercer Ojo” de Lobsang Rampa y me disolví.

Efectivamente, me desperté con el libro entre mis brazos y una gran sonrisa en el rostro: sabía qué era lo que me llevaba de viaje: 1) Concentración y 2) Dirección exacta del lugar.

A partir de ese momento, mi vida cambió. Esperaba, impaciente, que llegara el momento de conciliar el sueño para emprender una de mis excursiones-a-ojos-cerrados. Una veces, me servían para mis cosas de la vida diaria  y otras, eran EOC’s de puro placer. Sí, fisgue unos exámenes de la facultad , espié a novios , amigos y amigas, conocí el iPad antes que nadie, visité la casa en el Lago de Como de George Clooney ( y , sí, también a George), viajé a todos los países del mundo, he visto todas las maravillas naturales del planeta…¿Se te ocurre algún lugar que desees visitar? Pues yo ya he ido… ¿No es fabuloso? Ya te digo yo que sí. De verdad.

Pero lo que me ha pasado esta noche, ha dado una nueva dimensión al don. ¡Puedo viajar por la red! Verás,  al leer los comentarios que me has dejado en el blog, he visto que aparecía tu dirección de IP. La palabra “dirección” ha destellado en mi mente. ¿Qué más da que sea una IP? Si me muevo en un plano fantasmal, supongo que puedo viajar a un lugar virtual ¿no? Así que he decidido posponer mi visita al Liceo (el Ballet Ruso estará unos días más) y probar con esto de la IP.

192.168.255.255

¿Qué ha pasado? Te va a dar miedo…

Me he convertido en una extraña energía de intenso color verde. Al principio,  estaba en una especie de cubículo cuadrado en el que había un gran rótulo de neón con la palabra “EXIT”.

Otras energías, de otros colores, parecían esperar su turno para salir despedidas por una trampilla. Ocupando mi lugar en la fila,  he preguntado dónde estaba: En el servidor, me ha respondido un humillo violeta. Al salir propulsada hacia el exterior, he visto que me dirigía hacia la dirección de IP 192.168.255.255

¡Era tu IP! Tanto tiempo intercambiando comentarios y, por fin, iba a conocerte… o a tu IP, sea lo que sea eso.

Volaba por un espacio sin límites, rodeada de muchos colores y texturas hasta que he llegado a otro cubículo. Me han informado que me encontraba en la entrada del servidor de la IP. He charlado con unos mails que compartían el hosting mientras esperaba. Me han llamado por megafonía y me han indicado la ruta que debía seguir… Me preocupaba perderme entre tanta compañía telefónica, cable, fibra óptica y  satélites pero el camino ha sido más fácil de lo esperado y tan veloz que, sin darme cuenta, estaba ya en el cubículo de bienvenida de tu IP.

Me han hecho un análisis para comprobar que no contenía virus (he visto algunos de esos bichos asquerosos adheridos a los emails), me han clasificado como “clean” y me han indicado que me quedara en la Sala de Espera. Si no te conectabas a Internet mientras yo estaba allí, no podría dar el salto a la IP y, de ahí,… a tu pantalla. Cómo lo oyes : las excursiones-a-ojos-cerrados te permiten asomarte a la pantalla del ordenador que está utilizando esa dirección…

Y, sí, esta noche te has conectado y yo te he visto … La mano en el mouse inamovible, sólo el leve discurrir del roll para ir bajando por estas líneas. Ese pote lleno de bolis, el cenicero y la soledad que necesitas para escribir y comentar en todos esos blogs. Te has levantado para ir a buscar un vaso de agua y has sonreído al leer el post de lacaperucitaroja.com. Te he visto y, que quieres que te diga, era como verme a mí: leyendo o escribiendo, los ojos fijos en la pantalla, la mente viajando por la blogosfera, la necesidad del aislamiento tranquilo…Pero… esto de viajar a una IP no te deja moverte de la IP. Y me ha gustado conocerte, de verdad, pero prefiero visitar el Machu Pichu  o Bután, el país con el índice de felicidad más alto del planeta.

O conocer a Brad Pitt que si está en su casa de California, lo pillo de día allí…

Ahora mismo, estoy sosteniendo en mi mano, lo que me llevé de la habitación donde ayer escribías tu post. Observa atentamente lo que te rodea: falta una cosa. Una sola e insignificante cosa…y la tengo yo.

Esa es una de las condiciones para clasificar un sueño como EOC: llevarme un objeto (suele ser pequeño) que me confirme mi presencia allí. Los guardo en una caja  con un pequeño diario con todas las excursiones realizadas: Mi bitácora de EOC’s. Es posible que algún día la publique…

Ya se verá.

Te dejo ya.

Seguro que estás leyendo esto y pensando que estoy mal.

¿Pirada?

Mi psiquiatra aún lo está valorando y yo lo pienso cada vez que le explico a alguien lo de las EOC’s pero cada noche, disfruto de una experiencia maravillosa, a la carta y, además,   tengo ese objeto que ahora te falta a ti – ¿ya has descubierto qué es?-para asegurarme que estoy aquí, en este lado.

Así que gracias por tu preocupación pero me quedo cómo estoy.

Y, por cierto, el pijama (si a “eso” se le puede llamar pijama) que llevabas ayer por la noche era horroso…

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Gastroruptura

Lo miré fijamente y pensé que lo mejor era no meterse en un berenjenal.  Me había costado un huevo decirle que ya no lo quería y aprovechar para darle calabazas pero ,a él, parecía importarle un rábano.

Al principio, pensé que sería” llegar-soltar el rollo-llorar-despedirse” pero ¿No querías arroz?, Pues toma dos tazas.  No sólo no había sido rápido…Había sido difícil. ¡Y pensar que creía que aquello iba a ser pan comido!…No había tenido en cuenta que él se podía poner de mala uva cuando le dijera que no era su media naranja  y eso era, exactamente,  lo que había pasado.: la había fulminado con la mirada de “me importa un pimiento” y  , acto seguido, la había mandado a freír espárragos…

¡Era un bombón!

Y es que  cuando lo veía, así, enfadado, era cuando más le gustaba. ¡Estaba como un queso!. Un poco de esa mala leche le iba bien a ese carácter de trozo de pan… Era uno de esos hombres que se ponían como un tomate cuando le pedías peras al olmo… Debía olvidar todas esas cosas y centrarse en cortar el bacalao. Era un yogurín, sí, muy majo pero… ella necesitaba a alguién que se ganara los garbanzos,  que le sacara las castañas del fuego…

No había vuelta atrás. Ya era demasiado tiempo de vivir de la sopa boba, de dejar que se le pasara el arroz mientrás él no era más que un bollicao. Siempre preocupada porque ella era del año de la pera y él, no… Era el momento de llamar al pan , pan y al vino,vino

Las cosas claras y el chocolate espeso. Lo miré por última vez y le dije : Nos van a dar las uvas aquí y no hay nada más que hablar. Se ha descubierto el pastel y no voy a dejar que me la des con queso.Lo tuyo son mucho ruido y pocas nueces y esto debe acabar.

No lo entiendo. Yo te quiero un huevo, me dijo él pero yo no me dejé engañar. Seré muchas cosas, pero no soy un melón.

Me levanté y lo dejé temblando en el sofá. No eres más que un espárrago viejo, me gritó.

-Qué te den morcillas- le respondí dando un portazo mientras , a lo lejos, oí que decía : ¡Y un jamón!.

Así que si me preguntas si volvería con él, no sabría que responderte.Si algo he aprendido es a no decir nunca “de este agua no beberé”.

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La pizza.

No es que se escondiera de él.

Alguna noche, de forma muy ocasional y con la voluntad de complacerla, la había dejado llamar a la pizzería del barrio para que le trajeran una suculenta margarita, con cebolla, bacon y doble de queso. Lo de hacerse vegetariano no había sido una sorpresa para ninguno de los dos. Con los años, se había acentuado su obsesión por los productos ecológicos y la dieta sana. No comía carne roja y no le gustaba el pescado, por lo que su dieta se había ido reduciendo a lo que se conoce como “vegetariano ovo-lácteo” de una forma natural.

Ella, en cambio, seguía comiendo de todo: aprovechaba para degustar un filetito o una dorada a la sal cuando acudía a los almuerzos de negocio o cenas con las amigas o un domingo en casa de sus padres… Su madre ya se ocupaba de tener un menú variado para todos los gustos de los comensales y mientras él alababa la lasaña vegetal, ella se zampaba un rabo de toro al vino tinto…

El vino…El vino era otra de esas cosas… Al principio de su vida en común, les gustaba degustar una copa y en las “ocasiones especiales”, adquirían vinos de buena cosecha según lo que puntuaba el gurú enológico Robert Parker. Los cumpleaños, los aniversarios, alguna buena noticia en el ámbito laboral… Eran las cosas típicas. Pero, aquello se convirtió en frecuente y empezaron a acudir a catas y seminarios. A ella también le gustaba la cultura del vino y su disfrute pero… ¡eso no quería decir que no pudiera tomar una Coca Cola de vez en cuando!… Cuando osaba a abrir una lata del refresco maldito, él la miraba con cara de asco y meneaba la cabeza, en un gesto inconfundible de confirmación de su locura.

Al margen de esas cosillas del comer y del beber, funcionaban como una pareja perfectamente engrasada. Una relación casi perfecta. No se podía pedir más… Tal vez por eso la carcomía la culpa mientras esperaba al mensajero de Pizza Telele. Él la había llamado hacía una hora y le había dicho que no cenarían juntos. Cosas del trabajo. Y ella, en vez de sentirse decepcionada y cenar en soledad la judía tierna con patata y zanahoria, había cogido el folleto promocional de Pizza Telele y había encargado una pizza mediana… y una Coca Cola! ¡Sí!.

Pero…si se paraba a pensar un poco, ya eran bastantes noches de trabajo atrasado y bastantes pizzas, engullidas de contrabando. ¿De cero a tres o cuatro veces al mes? ¿No eran demasiadas noches de free-pizza? En sus pensamientos, por un segundo, destelló un mensaje de advertencia: ¿Estaba con otra? pero llamaron a la puerta y el pensamiento se desvaneció.

Cuando llegó al portal del número 22 de la Calle del Hambriento estaba ya muy nervioso. Estaba atendiendo el teléfono y tomando los pedidos, cuando vio en el identificador de llamadas que estaba al aparato la bella criatura de la pizza mediana con cebolla, bacon y doble de queso…y una Coca Cola. Sólo anticipar la suavidad de su voz cuando anunciara que quería una pizza a domicilio, ya lo ponía enfermo. Le temblaban las piernas, la mano que sujetaba el teléfono y, por supuesto, la voz. Llevaba mucho tiempo pensando en ella, planificando cómo sería su encuentro y deseando que se produjera pero… era demasiado pronto. No estaba preparado. ¿O sí? La excitación recorrió su cuerpo desde la punta de los dedos del pie hasta lo alto de su cabeza rapada.

Contestó con una voz chillona que le sorprendió a él mismo y se quedó petrificado cuando ella le hizo el pedido. Le prometió que estaría en su domicilio en veinte minutos y cuando colgó, se dirigió a la zona de reparto y cambió los turnos.

Al cuarto de hora, sentía el frío de la noche en la cara mientras recorría las calles de la ciudad para llegar a la casa de “ella”. Era perfecta: esos ojos brillantes que lo miraban con alegría cuando le entregaba la pizza, los labios carnosos que se humedecía con la lengua y lo provocaban directamente,… Sabía que estaba sola: sólo hacía pedidos nocturnos cuando el tipo que vivía con ella no estaba en casa. Una única vez lo había sorprendido, abriendo la puerta y gritando: ¡Cariño, tu pizza! Pero eso había sido hacía mucho tiempo… En los últimos meses, la había estado observando y sabía que estaba sola.

Sola.

A medida que avanzaba en su recorrido se hacía más firme su propósito. Esa era el momento. Esa era la noche.

Abrió la puerta y vio al chico de Pizza Telele. Siempre era el mismo: alto y delgado, con unos ojos oscuros que siempre la miraban fijamente y que ella veía a través del casco. Y aunque su aspecto era amenazador, en el fondo era simpático y siempre le sonreía cuando le daba la propina.

Esta vez, llevaba el casco de la moto en la mano y pudo ver su reluciente cabeza, afeitada al cero y con un extraño tatuaje en la parte superior. ¿Qué era eso? ¿Un pájaro? Sostenía la caja de pizza con una mano y la estaba observando de esa forma intensa que ya había percibido en ocasiones anteriores.

Extendió la mano para coger su pizza y, entonces,…

Has llegado a la parte del relato en la que tú eliges el final.

Hay dos tipos de Pizza en el menú :

Final 1 : “Aquí te pillo ,  aquí te mato”

Final 2 : “Aquí te mato, aquí te pillo”

¡Qué aproveche!

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Publicado en Relato, Relato Breve, Relato Corto | 1 comentario